Avances recientes en la Teoría del Cuerpo

  • Posted on: 26 June 2011
  • By: hayde

Bryan S. Turner
Universidad Deakin en Geelong, Australia

LA ANTROPOLOGIA Y EL CUERPO

En contraste con la sociología, al cuerpo humano se le ha concedido un puesto de vital importancia en la antropología desde el siglo XIX. Hay al menos cuatro razones que explican la importancia del cuerpo en la antropología. La primera es el desarrollo de la antropología filosófica, y la cuestión del cuerpo en relación con la ontología del Hombre (la palabra «Hombre» se emplea deliberadamente aquí para señalar a un género entendido como humanidad, y la posibilidad de que la clásica ciencia social fuera en sí misma generada o de hecho inventara un verbo del cuerpo). Históricamente hablando, la antropología se ha inclinado a plantear cuestiones de esencia universal de la humanidad, porque la antropología en el contexto del colonialismo europeo forzó a dirigir el problema de los universales humanos (de la ontología) de acuerdo con las variantes y diferencias de las relaciones sociales. El centro ontológico de la encarnación humana ha surgido como consecuencia de un foco de universalidad.

El hecho de la encarnación humana (o, más técnicamente, el hecho que la humanidad es, en términos evolutivos, un mamífero de sangre caliente, una especie existente) da salida a ciertos problemas que deben satisfacerse para la supervivencia del Hombre. En particular, suscita la cuestión: ¿hasta qué nivel son mínimamente necesarios los ajustes sociales y culturales para la supervivencia y reproducción humanas? Estas reservas básicas producen un abanico limitado de opciones para la humanidad en estado de evolución primaria en los términos de estructura social en relación a aprovisionamientos precarios de
comida (Glassman, 1986). En la antropología del siglo XIX, en el marxismo y la filosofía podemos detectar convergencia en la cuestión de los universales en los orígenes humanos. Por ejemplo, la investigación de Lewis Henry Morgan en la sociedad antigua, la confederación Iroquesa y los sistemas primitivos de clasificación fueron influyentes, en parte, porque apoyaron la teoría de un ancestro común humano (Kuper, 1988). En resumen, el cuerpo tomó parte en la más temprana antropología, porque ofreció solución al problema del relativismo social. En la antropología filosófica es posible trazar una línea de desarrollo en la historia de las ideas desde el sensualismo de Ludwig Feuerbach (Kamenka, 1970) al materialismo de Sebastian Timpanaro (1975).

Podemos considerar una segunda corriente en antropología, también relacionada con esta búsqueda de una antropología que estuviera fundamentalmente interesada por la relación entre cultura y naturaleza. Esta línea de desarrollo se puede enmarcar en la cuestión: dando por hecho que la humanidad tiene un punto de origen común en una especie de mamífero, ¿cuál es el punto de disyunción entre naturaleza y cultura? En resumidas cuentas, ¿qué es el Hombre? Esta pregunta dirige nuestra atención a los orígenes de la ciencia social como tal. La historia de Herodoto de las maneras humanas, por ejemplo, puede considerarse como una temprana contribución a esta pregunta antropológica, ya que estudió claramente el asunto de la convencionalidad contra la universalidad. Las respuestas a esta pregunta ancestral, por supuesto, han variado mucho, yendo desde el modelo del Hombre como animal de costumbres pasando por el caso de Nietzsche (1980), con el concepto de
hombre como animal con memoria (que es, autoconsciente situado en la historia).

Desde nuestro punto de vista, las respuestas particularmente persuasivas son aquellas que han conceptualizado la disyunción entre Hombre y naturaleza en términos de ciertas prohibiciones, especialmente en lo relativo a la sexualidad desenfrenada o indiscriminada. Aunque el tabú del incesto es, a menudo, representado como evidencia de una discontinuidad fundamental entre los mundos natural y cultural de la animalidad. Mientras las explicaciones de los tabúes del incesto han dado pie a un sinfín de disputas entre antropólogos, la existencia de tal tabú se ha considerado, frecuentemente, como evidencia del hecho de que el comportamiento humano social descansa más en la regulación cultural de las acciones que se institucionalizan que en el control del instinto.

La vida social requería prohibiciones, pero estos requerimientos sociales se alcanzaron con un coste psíquico necesario. El tabú del incesto proporcionó a Freud lo que podríamos denominar «las formas elementales de la vida neurótica». En Totem y Tabú (1950), Freud sostuvo que había descubierto un cierto «acercamiento entre las vidas mentales de los salvajes y de los neuróticos». Esta visión de los controles del tabú se convirtió en la base de una tradición filosófica que estableció una serie de contradicciones entre cuerpo y alma; las gratificaciones instintivas y regulaciones sociales; y sexualidad y civilización.

Esta orientación teórica fue en particular importante en el romanticismo anticapitalista de la tradición alemana de Lebensphilosophie de la George Circle, y especialmente en los escritos de Ludwig Klages, como Vom kosmogonischen Eros (1963), un estudio del eros y el éxtasis volviendo a los fundamentos de la sociedad humana. Además, el simbólico poeta Stefan George desarrolló una teoría del carácter humano que analizó en tres dimensiones: Leib (cuerpo),
Geist (espíritu) y Seele (alma) (Bowra, 1959). Este trinomio de paradigmas de la naturaleza humana probó una influencia indirecta en el desarrollo de lo que se ha venido a conocer como «antropología fenomenológica», que jugó un rol
importante en la evolución teórica de las ciencias sociales, especialmente en Alemania y Países Bajos (Van Peursen, 1961). Uno puede encontrar, por ejemplo, elementos de esta perspectiva en la sociología influyente de Arnold Gehlen (1988).

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