ATISBOS A LA SITUACIÓN LABORAL DE LAS BAILARINAS MEXICANAS

  • Posted on: 21 November 2012
  • By: hayde

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Hayde Lachino

(Texto escrito para la revista Centrífuga)

Según se cuenta, la coreógrafa encaró a los bailarines y a modo de regaño les dijo “ustedes son los obreros de la danza”, con la clara intensión de señalar que su lugar era obedecer y callar. La anécdota refleja una mentalidad profundamente clasista de quien emitió tal sentencia e indica con claridad el valor social que se les otorga en nuestra sociedad a los bailarines: cuerpos sin rostro que no tienen ningún derecho social, político o jurídico, ni siquiera a ejercer la libertad de expresión.
Este concepto en el cual se tiene al bailarín tiene su correspondencia en las condiciones laborares en las cuales día a día están inmersos y que de tan cotidianas, las hemos llegado a considerar como la circunstancia “natural” del oficio.

En esta ocasión hemos decidido concentrar nuestra atención en la situación particular de las bailarinas mexicanas, hay muchas razones para ello, en primer lugar porque culturalmente existen una serie de mitos en torno a las mujeres supuestamente basados en su biología, ya que en una pretendida “naturaleza” de lo femenino, nuestra sociedad patriarcal considera que la mujer se realiza en los hijos y el matrimonio, por lo tanto el éxito profesional no se asocia con el ser mujer, ello sirve de argumento para justificar una serie de situaciones desventajosas para las mujeres, como por ejemplo la desigual paga de salarios por trabajos iguales; después porque a pesar de que la mujer ha conquistado importantes espacios en la sociedad, en múltiples ámbitos sigue invisible como sujeto social; además por ser la danza una práctica artística ligada al cuerpo, no tiene el mismo valor que otras artes, baste para comprobar lo dicho la cantidad de reflexiones estéticas dedicadas a la música y a la pintura, los numerosos análisis literarios y sólo hasta que durante el siglo XX el cuerpo se volvió un espacio de interés para la filosofía más crítica a la Modernidad, una serie de análisis estéticos sobre la danza comenzaron a aparecer, esta situación repercute en el hecho de que aún hoy en día quién estudia danza, así se trate de estudios de posgrado, para el vox populi no estudió nada o estudió algo que no se entiende bien a bien para qué sirve.
El conjunto de estos factores, y muchos otros más constituyen el marco en el cual hombres y mujeres dedicados a este arte, se insertan profesionalmente e intentan cotidianamente vivir con dignidad de aquello que gustan hacer y para lo cual se han preparado durante años. Preguntar entonces por la condición laborar de las bailarinas mexicanas no es una pregunta retórica, ni un vano divagar teórico, por el contrario, conlleva una profunda preocupación por el modo en que se produce la danza en nuestro país y el lugar social que se les concede.
De ninguna manera tenemos una radiografía completa de la situación, se trata apenas de un atisbar por la rendija de la puerta a una problemática que se vislumbra como compleja y desoladora. Para poder construir una opinión que no estuviera basada sólo en apreciaciones personales, decidimos realizar una muy breve encuesta, lanzada por Internet a través de las redes sociales, la cual contenía algunas preguntas dirigidas a obtener algunos datos que nos orientaran sobre el tema.
La edad promedio de quienes respondieron a dicha encuesta es de 30 años y el tiempo que llevan en la danza es de 15 años, ello confirmaría que se trata de mujeres que comenzaron desde muy jóvenes su formación, algo común en la danza, por lo que también muy jóvenes ingresan a un mercado de trabajo caracterizado por la poca atención del Estado en cuanto a la seguridad social y a claros marcos jurídicos que normen las relaciones laborales que establecen jovencitas de 18 o 19 años con directivos de compañías, escuelas y academias que muchas veces les doblan en edad y experiencia.
El 80 por ciento se dedica a la danza contemporánea, así que los datos obtenidos de hecho indican puntos interesantes en cuanta a las relaciones laborales entre coreógrafos y bailarinas de los grupos independientes que existen en México y que hablarían de los modos de producción de este arte y las relaciones sociales de poder y sumisión que se establecen al interior de estas agrupaciones.
Las mujeres de la encuesta dedican en promedio 3 horas diarias a entrenarse y otras 3 horas a ensayos, es decir, ser profesional de la danza en nuestro país supone dedicar una jornada laboral completa de 6 horas y sólo el 13% de las encuestadas recibe algún tipo de remuneración por este tiempo invertido en una compañía o en un proyecto. Varias son los argumentos para que esta situación se de, en primer lugar, las propias bailarines nunca preguntan cuánto les van a pagar, ello revela que ellas mismas no le atribuyen a su trabajo el suficiente valor como para cobrar por lo que hacen. En otros casos, bajo la modalidad de beca, las bailarinas pueden tener entrenamiento gratuito, pero ello las obliga a ensayar sin paga; y el argumento más común tiene que ver con el hecho de que las compañías independientes no tienen recursos propios y que cuando los tienen vía alguna beca, el salario para bailarines no es considerado en los desgloses presupuestales y mucho menos el pago de ensayos.
A la pregunta de cuánto les pagan por función, las cifras son totalmente dispares, hay a quienes no les pagan, otras que reciben 45 pesos por función y en otros casos les han pagado hasta 5 mil pesos, sin embargo esta no es una situación estable y no se trata de un ingreso fijo. Existen graves problemas con estos pagos que reciben, si consideramos que para llegar a un estreno las bailarinas han tenido que ensayar por lo menos un mes y que en promedio las temporadas de danza duran cuatro días, tenemos entonces, que en el mejor de los casos, reciben apenas el salario mínimo, y en general reciben mucho menos que eso.
A la pregunta de por qué no les pagan las funciones las respuestas son variadas: porque la compañía apenas comienza, porque el coreógrafo se gastó todo el dinero en producción, otros más consideran que es mejor invertir todos los recursos en el vestuario que en el salario de sus compañeros, algunos más no pagan argumentando que se trata de una “oportunidad” para las bailarinas trabajar con dichos coreógrafos. Estas jóvenes, que dedican buena parte de su día a contar con un óptimo nivel técnico, bailan gratis y además como miembros de una compañía no saben cuánto cobra el coreógrafo por cada función que se da; se apela al compromiso colectivo que implica formar parte de una apuesta independiente, pero dentro de una estructura vertical en donde quien detenta el poder, en tanto que cabeza de grupo, mantiene una secrecía en los aspectos económicos que competen a la compañía.
El 100% considera que lo que ganan como bailarinas no cubre sus necesidades básicas y en promedio casi la mitad considera que los ingresos que perciben son poco significativos por lo que se ven obligadas a realizar otras actividades para poder cubrir sus necesidades. Estamos ante un sector que tiene una triple carga de trabajo en donde dos de sus jornadas laborales no son reconocidas socialmente ni reciben un salario por ello: como bailarinas y en las labores que desempeñan en el hogar. Ello las obliga a desempeñar otras labores, en donde predomina el dar clases de danza.
Un dato importante, del 100% de descargas de la encuesta sólo el 30% respondió las preguntas y las envió, se pueden suponer varias cosas: a) les pareció irrelevante lo que se preguntó; b) les pareció importante pero no la enviaron porque consideraron que no serviría para algo; c) decidieron que era mejor guardar silencio. Toda posible respuesta es una mera especulación lo cierto es que el no hablar, el no socializar nuestras problemáticas es una manera de seguir invisibles como sujetos sociales.
Sin duda alguna la danza en México presenta un contexto totalmente injusto para esas “obreras de la danza”; pero como siempre, existe la otra parte de la historia: proyectos en donde se pagan ensayos y la gente simplemente falta y no se compromete. Como vemos, la realidad siempre es más complejo y no admite simplificaciones ni maniqueísmos, si queremos en algo transformarla.
El aproximarse a ver las condiciones de trabajo bajo las cuales desarrollan cotidianamente su profesión cientos de bailarinas, es vislumbrar las graves deficiencias estructurales que determinan el hacer de la danza. Apelando a la necesidad de una mínima justicia social, ya sería hora de hablar, exigir y dejar de ser invisibles y silenciosas.