No lo sigamos permitiendo

  • Posted on: 23 September 2013
  • By: hayde

Hayde Lachino

En los últimos tiempos he visto más de una pieza coreográfica en donde las mujeres somos denigradas y colocadas en lugares de inferioridad con relación al mundo masculino. Obras que supuestamente intentan indagar sobre la problemática en torno a la relación hombre-mujer, pero que terminan en las típicas simplificaciones binarias de buenos y malas, -que por otra parte es el fundamento de todas las telenovelas que vemos por televisión-; o bien somos vistas como meros objetos disponibles para el deseo sexual masculino.

El artista se supone un sujeto tensionado por las contradicciones de su tiempo y que reifica en la obra de arte esas tensiones, no para dar respuestas aleccionadoras- que de hecho es en lo que caen las obras que he visto: aleccionadoras y altamente moralistas-, sino para problematizar, profundizar y construir imaginarios y narrativas nuevas a través de las cuales arrojar luz sobre el acontecer de lo humano.

El problema tiene muchas dimensiones, por una parte, el nivel evidente de reducir lo femenino al lugar de todos los clichés que la sociedad patriarcal usa para clasificar a las mujeres: la histeria, la imposibilidad de generar lealtades, un cuerpo como simple objeto del deseo masculino y una supuesta incapacidad para elaborar respuestas complejas y razonadas frente al mundo; es decir, para este mundo masculino, las mujeres o tenemos un problema psicológico o una tara genética profunda que nos hace ser infantiles eternamente, en donde sólo es valorada aquella que se pone a disposición absoluta del hombre o bien como la sumisa o bien como el cuerpo deseado.

En una de las coreografías que refiero, la mujer es vista como la responsable de todas las desgracias de los hombres: infiel, estúpida y si ya ésta caracterización por sí misma resulta indignante habría que ver lo que tiene que hacer la bailarina en escena, acciones que atentan contra su salud personal. La pregunta es ¿por qué aceptamos ser descritas así y por qué las bailarinas no oponen resistencia a un trato así?

Otra coreografía, presentada durante un premio INBA-UAM, mostraba al coreógrafo y protagonista central de la historia, siendo deseado por un grupo de bailarinas, todas ellas menores de edad y en donde bajo el supuesto de “esto es arte”, las chicas fueron colocadas en situaciones totalmente vejatorias de sus derechos fundamentales; con otra compañera nos preguntamos ¿qué dirán los padres al ver a sus hijas colocadas en esta situación supuestamente en nombre del arte? Lo lamentable fue un maestro, que cuando comentamos lo indignante del asunto, nos dijo muy sonriente “¿qué podemos hacer si las alumnas se enamoran de uno?”, es decir, para estos maestros no existe el asunto de la ética en su relación con las alumnas.

Ya Simone de Beauvoir en su extraordinaria obra El segundo sexo, refiere cómo las mujeres introyectamos los discursos patriarcales y nos tornamos en una suerte de policías que vigilan que no escapemos al sistema. Resulta increíble ver, en la danza, la gran cantidad de mujeres que operan como policías del patriarcado y cuya acción de vigilancia se refleja en la crítica acérrima que ejercen contra el trabajo de esas otras mujeres que destacan en el campo dancístico, la forma en que algunas maestras denostan a aquellas alumnas que se atreven a denunciar al maestro acosador o exigiendo de las mismas obediencia ciega a la autoridad del coreógrafo, lo cual termina por traducirse en personalidades sumisas a toda autoridad; por no hablar de cómo ciertas coreógrafas y docentes se refieren groseramente al cuerpo de las bailarinas que no cubren con los “requisitos obligados” de peso y forma para quien opta por dedicarse a la danza.

En un programa del Canal del Congreso, en una mesa de trabajo sobre el feminicio en México, las investigadoras mostraban datos alarmantes. Entre los 0 y los 5 años, la mayor mortandad es entre niñas, aunque no apuntaban una explicación si hacían notar este dato como algo a indagar con mayor profundidad; por otra parte, mientras que para los hombres el lugar más peligroso es la calle, para las mujeres es el hogar. Si a esto sumamos que hoy en día el tráfico de personas deja cuantiosas ganancias para el crimen organizado y que la trata de blancas es un lucrativo negocio, me parece que son razones más que suficientes para no seguir permitiendo que ciertas imágenes de lo femenino sigan siendo construidas, porque a través de ellas avalamos todo el horror que hoy viven miles de mujeres.

Algunas pequeñas acciones pueden ser significativas: celebremos los éxitos de las mujeres, al final ello repercute en todas; apoyemos a las maestras que luchan a favor de los derechos de sus alumnas; no permitamos que ciertos coreógrafos obliguen a sus bailarinas a hacer cosas que atenten contra su dignidad en nombre del arte; denunciemos al maestro que acosa, en el Instituto Nacional de las Mujeres de cada estado (http://www.inmujeres.gob.mx/), dan asesoría legal gratuita.

Se trata de defender nuestros derechos y no seguir permitiendo la construcción en la danza de esos imaginarios que nos denigran y atentan contra nuestros derechos fundamentales. Porque la danza, en tanto que práctica artística, hoy por hoy aún sigue construyendo imágenes del mundo que pueden ser retomados por otros y otras para explicar su estar en el mundo y que mejor si esto es desde lugares que nos incluyan con dignidad a todos y todas.