EL CEPRODAC Y EL NEOLIBERALISMO

  • Posted on: 13 April 2016
  • By: hayde

por Hayde Lachino

Hay una diferencia vital entre las instituciones culturales que se crearon en el periodo del Estado de Bienestar y otras recientes como el Centro de Producción de Danza Contemporánea (CEPRODAC); aquellas buscaban generar el mayor beneficio posible para los mexicanos, sobre todo para los más pobres, gracias a ello, miles de jóvenes de todos los extractos sociales pudieron dedicarse al arte, esas instituciones se inspiraron en un principio básico de justicia: otorgar oportunidades reales a todos por igual, instituciones que siguen hoy operando y son fundamentales para la danza mexicana: las escuelas de iniciación artística, los CEDART, las escuelas de enseñanza profesional dedicadas a las diferentes disciplinas artísticas, universidades, centros de investigación y un largo etcétera que dan cuenta de una noción de país que en cada institución que fundaba buscaba ampliar los derechos ciudadanos.

A diferencia de muchos países en el mundo, en México es posible que jóvenes de familias pobres tengan en el arte un proyecto de vida que los dignifica y que les permite expresar su potencial creativo. La sociedad mexicana y los artistas pelearon y ganaron el derecho a que las escuelas de arte no fueran un privilegio reservado para los que tienen recursos económicos, aquí se ganó el derecho a que nuestros jóvenes pudieran ser artistas y tener una vida digna, viajar, conocer el mundo, el derecho a llamarse artistas independientemente de la clase social de procedencia.

Pero las instituciones culturales que se fundan con el neoliberalismo tienen otra lógica: agudizan la concentración de privilegios en unos pocos, reducen el espacio público y acrecientan las desigualdades, por no hablar de la corrupción, la opacidad y otros tantos males que se repiten en todos los espacios de la vida social. Estas instituciones se crean bajo la falsa y muy cuestionable premisa de "la calidad", que en realidad es pura eficiencia productivista al peor estilo capitalista; en el caso del arte se expresa en obras que se crean una tras otra con fórmulas que se repiten, sin riego, producir por producir, porque el que no produce no sale en la foto, no se gana la beca, el que no produce por lo menos una obra al año no es artista, el que no tiene una beca FONCA no es artista, el que no se ha presentado en un teatro "importante" no es artista, todos ellos argumentos arbitrarios, excluyentes y que desconocen una dinámica cultural más amplia, y la forma en cómo el campo cultural reproduce las lógicas capitalistas de competencia y lucha de clases.

El empeño de los artistas por ganar estos espacios de validación ha dejado fuera el debate sobre el sentido del arte en un país como el nuestro, cruzado por la violencia, con un número alarmante de muertos que nos hablan de una tragedia nacional, en donde la desaparición de miles de mexicanos es un hecho gravísimo, con índices de pobreza que aumentan considerablemente; pero la danza contemporánea es omisa a estas problemáticas, encerrada en sus áreas de confort, con prácticas endogámicas de autoconsumo, la gente de la danza contemporánea está más preocupada, en general, por la validación institucional. Para la danza contemporánea nacional el país simplemente no existe.

El CEPRODAC como privilegio de pocos.

Al Centro sólo pueden ingresar como bailarines apenas veinte, aquellos que un criterio bastante conservador admite como "los mejores" a nivel nacional, ¿mejores en relación a quién, a qué o para qué estética? Hace mucho que los coreógrafos y teóricos de la danza han cuestionado la lógica que reduce la experiencia de la escritura coreográfica a un asunto de técnicas. Hoy ya no sólo se trata de cuerpos entrenados para una práctica artística, también están aquellas posturas que miran con interés estético a los más diversos cuerpos, ello ha permitido que los coreógrafos en todo el mundo trabajen con corporalidades que no necesariamente fueron entrenadas con técnicas normalizadas de danza. Estas posturas radicales lejos de destruir la noción de danza han ampliado y enriquecido la propia idea de danza. En México, una actitud de experimentación radical se da en el resto de las disciplinas artísticas como un hecho común y ampliamente estimulado, sólo en la danza es algo sancionado y no permitido por un sector que defiente las posturas más reaccionarias y conservadoras que, bajo el argumento de la calidad, denosta lo que es más esencial al arte: la experimentación.

Si algo están haciendo muy bien las escuelas de danza en México es formar a bailarines de gran nivel, entonces ¿por qué reducir a una veintena la posibilidad de trabajar en el CEPRODAC? ¿Acaso no es más justo, democrático y viable pensar en grupos de bailarines que se conformen acorde con las necesidades expresivas y de experimentación de cada proyecto? Imponer un grupo de bailarines es ya condicionar las líneas de investigación, la estética, el resultado.

Necesitamos un centro que apueste por los jóvenes por esos que recién egresan de las carreras de coreografía y que requieren un espacio que les diga que está bueno arriesgar, que diga sí a la experimentación más radical y que acompañe esos procesos con reflexión, que sistematice experiencias, porque escribir también es hacer coreografía. Eso sería un principio básico de justicia. En cambio tenemos un espacio que produce de manera fundamental a los que ya tienen carreras consolidadas, no es que no lo merezcan, pero no puede ser un derecho exclusivo para ellos.

Y en todo esto habría que pensar en el público, ese actor social fundamental que siempre se excluye en los debates sobre lo que pasa con la danza y con el arte en general, a nadie le preocupa y debería preocuparnos profundamente porque sería bueno recordar que las becas, los teatros, toda la infraestructura y los recursos económicos que sostienen la actividad dancística de este país son el resultado de los impuestos que pagamos todos, y ello implica un compromiso ético con la sociedad ¿qué hacer, cómo convocamos de nueva cuenta al público, cómo hacemos para que la danza sea importante en sus vida? Esas tendrían que ser parte de las muchas preguntas que debieran ser el motor de la actividad del CEPRODAC, y sin embargo se siguen alimentando prácticas elitistas, la danza es una práctica de autoconsumo y a veces ni eso, así lo constata el público cada vez más reducido que va a los teatros, ni la propia gente de danza va a ver danza.

El CEPRODAC también es elitista en sus lógicas de circulación, nuevamente en nombre de una supuesta calidad, se restringe la circulación de obra a los espacios validados del campo dancístico, circuitos que por cierto siempre quedan lejos de las personas que más necesitan tener una cercanía con el arte. ¿Acaso no hay suficientes ejemplos en el mundo de lo que pasa cuando el arte va a donde está la gente? Ahí esta el Ballet del SODRE en Uruguay, que bajo la dirección de Julio Bocca recorrió todo el país, bailando en todos los lugares posibles y no siempre con las condiciones "adecuadas", convirtiéndose de esta manera en todo un fenómeno cultural; otro ejemplo sería el Sistema de Orquestas de Venezuela que permite que miles de niños en todo el país se dediquen a la música, pero hay cientos de casos que ejemplifican el potencial del arte para construir otras subjetividades, basadas en la cooperación, el multiculturalismo, el diálogo, valores todos ellos que construyen democracia. Sin embargo, el CEPRODAC, tal y como está diseñado, no se interesa en ello.

El debate sobre la nueva dirección del CEPRODAC ha hecho que perdamos el foco de la pregunta central ¿para qué queremos un centro de producción de danza contemporánea? ¿En qué términos lo queremos? ¿Cómo se relaciona lo que ahí ocurre con el contexto general del país? Y no porque no importe quién dirige una institución pública, pero personalmente creo más en instituciones fuertes con claros objetivos, con mecanismos de funcionamiento democráticos, transparentes y sometidas al escrutinio público. Primero discutamos qué institución queremos y después quién tiene el perfil adecuado para dirigirla.

Las instituciones no pueden ser islas que, sostenidas por fondos públicos, ni siquiera se pregunten cómo restituir a la sociedad lo que la sociedad da para que los artistas puedan ser eso: artistas. El CEPRODAC, como institución pública que es, debe servir al interés común, atender las necesidades sociales y en ese sentido estar al servicio de la gran mayoría. Lo que la institución sea nos corresponde a todos por igual, su rumbo no es un asunto de unos pocos. Construir las instituciones públicas que queremos es fortalecer la democracia y ellos implica oportunidades, algo que el neoliberalismo nos ha ido quitando poco a poco, ya que si algo nos ha enseñado este sistema-mundo es que los derechos conquistados con arduas luchas se pueden perder con la mayor facilidad.

Bajo la consigna muy neliberal de la "calidad" y la productividad se construyen privilegios, se habilitan espacios que acrecienta desigualdades, y eso es algo que no se pueden permitir las instituciones públicas, mucho menos en las condiciones de emergencia nacional que vive el país. Entonces ¿qué hacemos? ¿Qué instituciones necesita hoy la danza nacional? ¿Cómo nos involucramos en la construcción de una mayor democracia institucional? El CEPRODAC es nuestro y nosotros decidimos.