ALMA DALTÓNICA O LOS INSTANTES DEL QUEBRANTO

  • Posted on: 25 January 2010
  • By: hayde

Por Hayde Lachino

El daltonismo es la incapacidad de ojo humano para distinguir colores. Con Alma Daltónica, coreografía de Evoé Sotelo, presenciamos un mundo monocromático en donde la felicidad humana no tiene cabida, se trata de una reflexión sobre la soledad y el dolor humanos dentro de una sociedad que aparentemente tendría que favorecer el contacto y la comunicación.
En este último trabajo de la compañía Quiatora Monorriel, se pueden encontrar muchas cosas, como la evocación a los trabajos plásticos que nos vienen desde Velásquez, Goya o los pintores flamencos, hasta Damien Hirst, pasando por Francis Bacon, la presencia constantes de los ocres y los marcados contrastes de luz y sombra, de la muerte en las situaciones límites de la existencia humana, del profundo nihilismo que provoca reconocer nuestras partes más oscuras y terribles. Así, mientras en el escenario, seres humanos endebles y solitarios pretenden encontrarse, el esqueleto de un caballo se erige amenazante sobre sus cabezas, mitad caballo apocalíptico y otro tanto símbolo de la fugacidad de la vida misma. Pero a lo largo de la obra, van apareciendo elementos que se ciernen sobre las cabezas de los seres que habitan la escena y que tornan los momentos en opresivos, sin posibilidad para escapar de ese universo.
Es danza que ocurre en instantes dilatados en el tiempo, por ello, paradójicamente, es una pieza que transcurre casi en la inmovilidad, en donde el gesto se prolonga en el tiempo para ser partícipes del momento justo de la fractura del alma, en el segundo exacto en que descubrimos nuestra más profunda soledad, en donde la vida y la muerte, Eros y Thanatos, se encuentran para revelarnos como seres solitarios ante nuestras muchas y cotidianas muertes.
Los bailarines de la compañía logran tener presencia escénica tanto en los momentos de contención e inmovilidad, como en aquellos en donde se requiere del entrenamiento habitual para desarrollar secuencias de movimiento complejas. Encontramos intérpretes modelados acorde a las exigencias del arte contemporáneo, performers, actores-bailarines, gente de una generación en donde los límites entre teatro y danza cada día se desdibujan más.
La música de la obra es creación de Benito González, coreógrafo, bailarín, fotógrafo y parte fundamental del binomio que dirige Quiatora Monorriel. Sin duda, hoy por hoy uno de los artistas más completos de nuestro país, que para esta obra ha creado una pieza de música electrónica interesante y de buen nivel, en donde se mezcla también música concreta. Escenografía, iluminación y vestuario corren por cuenta de Mauricio Ascencio que logra darle unidad conceptual a la obra con acierto. Conformándose así un equipo creativo interesante.
La constancia en el trabajo le ha permitido a Evoé Sotelo ir profundizando en el conocimiento del quehacer coreográfico, echando por tierra el cliché harto difundido en las escuelas de danza e incluso entre muchos profesionales, de que el arte es puro sentimiento e intuición. Sotelo y González son cultos, teorizan sobre su propia obra y sus procesos, pero sobre todo, se divierten, pues a pesar de ser un trabajo complejo hay juego y sorpresa.
Alma Daltónica es un buen ejemplo de un proceso sensible, pero también racional y teórico sobre la danza, obra ecléctica que retoma múltiples influencias en beneficio de la propia creación. Obra para ver en un momento en que nuestro país y sus políticos están atacados de daltonismo extremo para quebranto de nuestra existencia.