¡ADIÓS MAESTRO!

  • Posted on: 25 January 2010
  • By: hayde

Por Hayde Lachino

Hay hombres y mujeres que tienen la capacidad de sintetizar en su propia persona, los anhelos, los sueños, la historia de un pueblo. Estos seres excepcionales son capaces también de transformar la realidad, de volverla un poco mejor para todos los demás. Maurice Béjart fue uno de ellos.

Nació un 1 de enero de 1927, en Marsella, Francia bajo el nombre de Maurice Jean Berger o Bim como le decían de niño. Forjó su espíritu en el periodo de entre guerras y apenas había capitulado la Alemania nazi, cuando debutó como solista era 1946. A la danza llegó por cierto de manera casual, era demasiado flacucho y un doctor se la recomendó como práctica física para fortalecer los músculos; pero lo que el joven Bim encontró fue su propio destino.
Béjart es el prototipo del hombre culto de centro Europa, su padre fue filósofo y en este ambiente altamente estimulante, se educó y formó uno de los artistas más revolucionarios y eclécticos del siglo XX.
Siendo el ballet un espectáculo eminentemente burgués, Maurice lo sacó de los lujosos teatros franceses y lo llevó a la calle, a las canchas deportivas, a los parques, todo ello ante la mirada atónita de las clases acomodadas de París, que veían con total desaprobación aquellas coreografías cargadas de sexualidad, como en la obra que en 1958 le dio fama internacional, La Consagración de la Primavera, en donde el rito de la primavera es un rito de fecundidad. Creaciones centradas en el cuerpo masculino y políticamente comprometidas con su tiempo.
Le gustaban los grandes espectáculos, decenas de bailarines formaban parte de sus composiciones coreográficas, los solistas encarnaban los anhelos y el drama individuales de los rostros anónimos de la masa. Su composición prefería los grandes planos, los contrapuntos, danzas de gran musicalidad, en donde por igual usó a Bach, la música concreta o los Rolling Stone. Obras memorables son Bolero (1961), Misa para el tiempo presente (1967) y Pájaro de fuego (1970), por mencionar solo algunas de las muchas que creó.
Para Béjart no hubo nunca reglas a seguir, cuando requería del teatro para transmitir su mensaje acudía a el, de igual manera lo hizo con diversas disciplinas corporales o técnicas dancísticas, aunque el ballet fue su punto de partida. Sin duda alguna tener un padre filósofo le permitió adquirir un pensamiento amplio, capaz de abrazar todas las posibilidades.
Maurice Béjart deja una extensa obra que comprende ballets, ópera, grandes espectáculos, libros y películas.
Si algo puede definir cabalmente a éste grande de la danza, es que se trata de un hijo directo de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad, las tres ideas fundamentales de la República Francesa son también aplicables para definir a este hombre y su obra. Llevó arte y cultura a su pueblo; popularizó el ballet al acercarlo al hombre de la calle, al plasmar en escena las preocupaciones vitales de la gente común y dejando de lado las historias de hadas y princesas. Fue su preocupación la humanidad toda y la democratización de la cultura su obsesión.
En 1960 funda en Bruselas la compañía Ballet del Siglo XX con la que trabaja hasta 1987, entonces se traslada a Lausana y funda la que sería su agrupación hasta su muerte, Béjart Ballet Lausana.
Maurice Béjart muere a los 80 años de cansancio, desde que decidió dedicarse a la danza nunca más la abandonó, a pesar de su edad siguió trabajando con intensidad, lo mismo dirigiendo la compañía que en su trabajo pedagógico, creando obra nueva y viajando por el mundo. La humanidad pierde un artista extraordinario, visionario que transformó la escena y un gran humanista.